
Gustavo Scattareggia, del equipo de Comunicación de CAN – R1, escribe este artículo con motivo del Día del Arquitecto. Replantea el verdadero rol del arquitecto frente a la sociedad, que en el día a día no debe perder la perspectiva de artesano, lejos de los extremos del artista o del guerrero.
Día del arquitecto
«No debemos perder la perspectiva: el cocinero es un artesano, no un artista» David Muñoz, chef.
El uso de la palabra “perspectiva” en la frase del chef David Muñoz es oportuno para aplicar la cita a la profesión que nos conmueve. Muñoz diferencia, usando una cacofonía, a quienes trabajan con sus manos por sobre quienes trabajan en la sublimación de la estética por sobre el uso.
Un debate menor propone a ciertos arquitectos como artistas y en esa propuesta los margina: Frank Gehry o Zaha Hadid son dos ejemplos. Inicialmente uno puede suponer que el rechazo proviene del arquitecto de a pie, el trooper que tiene que lidiar con orientación de la puerta ventana en la cocina de la Señora de Ordóñez, pero vemos a un Tom Dyckhoff en “The Secret Life of Buildings” reprochando – increpando – en la cara a Frank Gehry la estelarización de sus proyectos, la falta de contenido y de uso social suprimidas por la apreciación estética. Respecto al Museo Guggenheim de Bilbao, remata en off la voz del arquitecto y presentador hacia la apuesta segura de “¡La gente viene por el edificio! ¡No le importa lo que hay adentro!”, “No necesitamos espectáculo. Necesitamos interacción humana. Me da la impresión de que la arquitectura perdió su verdadero propósito”.
Diablo viejo, Gehry defiende feroz la arquitectura espectacular sin exuberancia dialéctica, frente a la maqueta de un estrambótico edificio en Abu Dhabi en su estudio en Los Angeles.
“El espectáculo” es de lo que hablamos, es el contexto en el que estamos. Las implicaciones de que un edificio en Bilbao, que vos querés llamar “espectáculo”, enoje al mundo, significa que hay gente que va a volver a hacer cajas simples y tontas. Ya hay un montón de gente que hace eso (dum, simple boxes) y no significa que eso sea una arquitectura con más sustancia.
Sí, pero tiene que haber un punto intermedio entre la banalidad y la sobreexcitación.

Si yo construyera en mi vida 30 Bilbaos (lo que no voy a poder hacer, no te preocupes), no se descarrilaría el mundo.
Terminado ese diálogo estéril, Dyckhoff hace notar que sí se descarriló el mundo después del Bilbao de Gehry con una oleada de edificios con superficies brillantes que ganan Pritzker.
El músico Frank Zappa dijo alguna vez, “sin desviación de la norma, no es posible progresar”. Cita arrolladora que exige el dilema ético de aceptar a esa arquitectura espectacular y excéntrica como parte de la clave del futuro de la arquitectura.
En el otro extremo de esa clave tenemos al heroico arquitecto mexicano Mike Reynolds; un violador serial – casi patológico – de las normas de la arquitectura y del urbanismo. Incluso su título fue revocado en esa búsqueda. Suponer que puede ganar un Pritzker o un Mies van der Rohe sería material para la película definitiva sobre arquitectura. Su traza de working class hero (Robert De Niro sería un elección obvia y poco imaginativa), resistiendo desde la tierra de los navajos y los apaches por una arquitectura simple, humana y con gasto de energía cero tiene una inocencia hollywoodiana.
No es una inocencia menor identificarse con ese modelo extremo. Gehry y sus superficies que encandilan; Nichols y sus neumáticos viejos llenos de tierra en el medio del desierto son la cara de una moneda. Dos extremos que se juntan. En el medio está la orientación de la ventana de la cocina de la Sra. de Ordoñez. El artesano. Ni el artista ni el guerrero. El que hace la arquitectura todos los días, porque como dijo Antón Chekhov “Cualquier imbécil enfrenta una crisis; lo que te endurece de verdad, es el día a día”
¡Feliz día!
Gustavo Scattareggia – Equipo de Comunicación CAN – R1.