

Por Arq. Luis Grisolía
Animarse a escribir sobre el hábitat de los petroleros, hoy por hoy es casi una temeridad que puede provocar la ira de los dioses inmobiliarios, sobre todo si en el análisis se nos ocurriera la peregrina idea de criticar los modernos “desarrolladores” urbanos que están creciendo como malezas por toda la Norpatagonia.
Pero, vayamos de lo general a lo particular.
Así como las praderas, bosques, ríos y mares son el hábitat de lo que sobrevive de las especies animales de este planeta, cada día más las ciudades constituyen el último refugio de nuestra propia especie humana, que no sólo crece a ritmo acelerado, sino que está siendo brutalmente desalojada del campo en el fenómeno conocido mundialmente como “éxodo campo-ciudad”.
Durante las últimas décadas, la evolución del sistema de asentamientos humanos en Latinoamérica se ha distinguido por la reducción permanente de las poblaciones rurales y el crecimiento desmesurado de las grandes y medianas ciudades, con sus “cinturones de pobreza”.
Esta urbanización descontrolada produce una paulatina ruptura del equilibrio del medio ambiente humano, que las organizaciones internacionales consideran como un problema planetario de máxima relevancia y prioritaria atención.
Entidades como la FAO (Organismo de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura) y la CEPAL (Comisión económica para América Latina y el Caribe) han documentado ampliamente este proceso desde las primeras crisis de la globalización neoliberal, allá por 1966.
A partir de las conclusiones de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Asentamientos Humanos (Hábitat II), realizada en Estambul, Turquía, numerosos informes sostienen que América Latina compartió durante el siglo XX, con el resto de países en desarrollo, un patrón de urbanización acelerada y no planificada, una fase expansiva particular del éxodo campo-ciudad que se produjo en nuestra región más tempranamente que en otras.
Más aún, según estadísticas del propio Banco Mundial, ya en 1990, tres de las diez megaciudades del mundo, se localizaban en América Latina, con poblaciones de más de 20 millones en Ciudad de México; 17,4 millones en Sao Paulo y 11,5 millones en Buenos Aires.
El “éxodo del campo a la ciudad” en busca de una “mejor forma de vida”, está generando una matriz urbana de segmentos degradados, que extienden las periferias urbanas para alojar de cualquier manera a los pobladores empobrecidos recién llegados.
En concordancia con el deterioro socio económico del hábitat periférico, el poblamiento asimétrico desafía la capacidad gubernamental de proveer viviendas y servicios de calidad, resolver la creciente emisión de residuos y efluentes y las demandas de nuevas infraestructuras y equipamientos urbanos.
Las agencias de la ONU afirman que la población subempleada de las áreas periurbanas sufre un severo déficit habitacional, falta de servicios básicos, problemas de salud, inseguridad y rupturas familiares que no figuran en las agendas públicas; aunque el escenario se repite en distintas escalas y localizaciones del planeta sin que nadie atine a remediarlo.
Este crecimiento veloz y desigual, no hubiera sido posible sin la complicidad de los responsables urbanos gubernamentales, que acuñaron el lema “desarrollo urbano” como sinónimo de crecimiento socio económico, en un intento por justificar su propia ineficacia para resolver dignamente el aluvión poblacional que deforma los cascos urbanos de las ciudades a su cargo.
Mientras los urbanistas permanecen desorientados sin saber demasiado que hacer, los especuladores y caranchos inmobiliarios, resuelven las urgencias que plantean las burguesías locales resignadas a vivir recluidas en barrios fortificados.
La Norpatagonia no es una excepción. Estructurada por la red de colonias agrícolas del valle del Río Negro, pensadas por el modelo agroexportador inglés como un corredor de materias primas sin valor agregado que quedó colgado del pincel luego de la segunda guerra mundial, reproduce hoy en pequeña escala, el mismo proceso de concentración poblacional y lo naturaliza, tomándolo como normal y hasta como símbolo de progreso.
Por su lado nuestra provincia del Neuquén, casi sin valle agroexportador, se ha montado varias veces a caballo del modelo equivocado del desarrollo insustentable, basado en las ganancias rápidas de la monoproducción hidrocarburífera e hidroenergética y transita los mismos caminos de concentración urbana y vaciamiento del campo, llegando a bautizar a una de sus reparticiones más prestigiosas: “dirección de desarrollo urbano” en un homenaje supremo a las asimetrías del hábitat que comentamos más arriba.
Por ello desde la provincialización en los 50, los neoliberales gerenciadores gubernamentales del modelo, cometen y cometieron barbaridades en el ordenamiento territorial local, que ha generado el actual espacio asimétrico provincial donde:
a) – Toda la riqueza se administra, invierte y disfruta en la conurbación de la Confluencia (Neuquén y gran Neuquén) transformada en un polo atractor de actividades terciarias y población.
b) – Un pequeño polo turístico teóricamente “sustentable” en San Martin de los Andes y Villa la Angostura, cuya reinversión es de dudosa utilidad para el progreso provincial, ya que sus principales inversores provienen de la Capital Federal y el gran Buenos Aires, donde en definitiva, se reciclan e invierten la mayor parte de las ganancias locales.
c) – Otro pequeño polo vitivinícola sustentable en San Patricio del Chañar y Añelo, cuyo retorno económico se reparte en una reducida élite de inversores, que propicia una modalidad laboral y socioeconómica inequitativa (de débil sustentabilidad social) donde los dueños son grandes corporaciones y los obreros están reducidos a la esclavitud asalariada.
d) – Dos enclaves petroleros: la comarca Huincul-Cutral Co y Rincón de los Sauces. La primera una verdadera aberración urbanística, ya que se trata de una única ciudad con dos ejidos municipales contiguos, dos intendentes, dos consejos deliberantes, dos organismos de planificación y un único destino insustentable, sin agua ni suburbios. La segunda un verdadero pueblo – campamento asolado por las adicciones, la trata y las inequidades socio económicas.
e) – El resto del territorio, desde Aluminé a Barrancas, se debate en la declinación agónica de sus economías sustentables, desorientado y desatendido de estudios, inversiones y políticas racionales que puedan revertir su decadencia.
Pero entonces… ¿qué hicimos y hacemos los planificadores y urbanistas…?
Hemos ayudado a crear una provincia con profundos quiebres y fragmentaciones socio-territoriales, pensada en su origen fundacional desde el norte cuyano, con un nodo principal en Chos Malal, y que luego al comenzar el siglo XX, se trasladará bruscamente hacia el vértice Este donde confluyen los ríos Limay y Neuquén, bajo la influencia de la potente idea estructurante regional de la red productiva agrícola- ferroviaria, que conectaría los puertos del Atlántico con el triángulo de la Confluencia tras el idílico paradigma de una Argentina agroexportadora de materias primas hacia la metrópolis británica.
Al llegar los tiempos de la provincialización a mediados del siglo pasado, se instauró en toda la Patagonia una estructura espacial fragmentada de componentes poblacionales sin escalas institucionales intermedias: provincia – municipio (donde los departamentos son sólo abstractas demarcaciones topográficas) que acabaron por tabicar y particionar la gestión local. Así fue como se generaron modalidades de lectura segmentada de la realidad, con municipios dispersos cuyos ejidos conforman hoy un archipiélago que flota en el amplio escenario provincial, acentuando la desconexión territorial y la insularidad de los asentamientos humanos.
Hay dos únicas excepciones a la regla (ambas sin estructura institucional): por un lado la llamada Comarca Petrolera (ejidos colindantes de Plaza Huincul y Cutral Co) y por el otro los cuatro ejidos colindantes del Área Metropolitana Neuquén (AMN) también conocida como La Confluencia a partir del explosivo efecto conurbador de la Ciudad de Neuquén.
Este último es el conglomerado urbano más poblado de la Patagonia con 307.931 habitantes, que incluye también algunas localidades próximas de la margen opuesta en la Provincia de Río Negro, como Cipolletti, Cinco Saltos y Las Perlas.
La ciudad de Neuquén tiene 231.780 hab; Centenario 34.421 hab; Plottier 33.600 hab y Senillosa 8.130 hab. En cambio las superficies por ejido son: Senillosa 143.581 ha.; Plottier 14.268 ha; Centenario 13.060 ha y Neuquén 12.794 planteando una sugestiva relación inversa ejido-población que alerta sobre un crítico e irresuelto ordenamiento territorial.
Estos pueblos se fueron desarrollando de espaldas a los grandes ríos que los circundan, alarmados por el fantasma de las crecidas, relegaron las riberas a la explotación agrícola y sus sistemas de riego por inundación, con algunos enclaves habitacionales dispersos y tomas privadas de las chacras ribereñas, conformando una trama cerrada, sólo alterada puntualmente por algún balneario de uso público.
En las últimas décadas el temor a las inundaciones periódicas se fue disipando, a partir de las grandes obras de regulación aguas arriba de los ríos y la urbanización comenzó a expandirse hasta la misma ribera fluvial, generando un complejo y desordenado mosaico de actividades diversas, donde compiten las áreas decadentes productivas con espacios públicos, loteos abiertos y cerrados, clubes recreativos privados y algunos espacios de esparcimiento con vocación exclusivista, que en algunos casos han confiscado el uso público de las riberas.
En este contexto convulsionado los urbanistas hicimos nuestra parte, ayudando con el loteo de las chacras a la decadencia de las actividades agro-sustentables e impulsando la especulación inmobiliaria.
En una degradación profesional sin precedentes, muchos arquitectos se transformaron en “desarrolladores”, instalando un nuevo tipo de operador comercial travestido de urbanista, que solo piensa en sus cuentas bancarias y responde religiosamente a la moral de la mayor ganancia de sus clientes, en virtud de lo cual intenta controlar y gobernar todos los actos urbanos y territoriales posibles.
Hoy la industrialización aumenta velozmente y los combustibles fósiles son cada vez más caros y escasos.
Nadie duda que estemos en un mundo donde las convulsiones que afectan la industria petrolera desde la invasión de Irak en 2003 ya no se limitan a fluctuaciones de precios o a problemas de aprovisionamiento, la cuestión fundamental es saber hasta cuándo las disponibilidades hidrocarburíferas podrán cubrir las crecientes demandas del desarrollo planetario.
En abril del 2010 el Departamento de Estado de EE.UU. puso en marcha la Iniciativa Global de Gas Shale para “ayudar” a los países que buscan aprovechar ese recurso, identificarlo y desarrollarlo, con un eventual beneficio económico para las transnacionales de esa nación.
Poco después en mayo del 2012 Argentina recupera la mayoría de YPF con la Ley 26741 que en su artículo 1° propone “…garantizar el desarrollo económico con equidad social y… el crecimiento equitativo y sustentable de las provincias y regiones”.
Desde entonces se han multiplicado los viajes a Houston (capital mundial del petróleo) de los “Guillermos” (por nuestro ministro de energía y el senador secretario general del gremio petrolero) para gerenciar a su manera el boom del Fracking de Vaca Muerta sin pensar demasiado en su consecuencia urbana directa: el estallido de la pequeña localidad rural de Añelo, que pasará a transformarse en un nuevo enclave hidrocarburífero, convocando el incesante transitar de transportes con los nuevos pobladores ansiosos de hacerse “la América”.
En estos días los números abruman y los sueldos seducen… ya que los gobiernos nacional y provincial están invirtiendo en Añelo más de $1.200 millones en hospitales, escuelas, rutas, viviendas y comisarías…mientras los alquileres espantan, pagándose $15.000 mensuales por una vivienda elemental, en pocos meses, se pasa del endeudamiento provincial y el atraso productivo a la quimérica revitalización, empujada por la potencialidad del shale oil.
Con Añelo en la mira, lo que sigue es fácil de imaginar, seguramente los “desarrolladores” tratarán de copar y manejar las áreas estatales y privadas, el tercer sector y todo lo que de alguna manera esté vinculado al territorio y el uso del suelo; un verdadero equipo ampliado que cubra todos los frentes, desde las jerarquías gubernamentales hasta los estudios profesionales de la Confluencia.
Es mucho entonces, lo que habrá que hacer con el hábitat petrolero y sus efectos en el resto de la red de asentamientos humanos de la provincia, sobre todo en este tiempo marcado por la danza de la fortuna que se viene y el incremento exponencial de la vulnerable población petrolera.
Sabiendo que nos estamos jugando una oportunidad única para el futuro provincial, la pregunta del millón es ¿adónde nos llevan?
De todas maneras y ahora más que nunca, como decía Galeano:
“…somos lo que hacemos, y sobre todo, lo que hacemos para cambiar lo que somos…”

